Cuando la crítica se convierte en búmeran

Columnistas, Opinión

Juntar alrededor de una mesa: crítica mordaz y opinión dividida, en procura de alcanzar un pronunciamiento que refleje consenso y sea un mensaje a la nación, suena a misión imposible pero cierta. 

El momento político y jurídico del país, hace que esa realidad reviva posicionamientos, advertencias y temores manifiestos, cuando no, truculentos episodios de violencia, criminalidad, acoso, persecución, abuso y ajusticiamiento. 

No obstante, en una democracia sana, la crítica no debería ser vista como una amenaza. Al contrario: podría y debería funcionar como una válvula de escape, porque permitiría corregir políticas, rectificar decisiones y canalizar el descontento antes de que este termine convirtiéndose en una crisis institucional.

Pero existe un límite.

Cuando la crítica deja de ser una herramienta para corregir y se transforma en una estrategia permanente de descalificación, puede producir un efecto inesperado: fortalecer aquello que inicialmente pretendía debilitar.

El remedio suele terminar siendo más eficaz que el propio problema para -colocarlo- en el centro de la atención pública. Y el intento de ocultar, minimizar o silenciar una información puede provocar, paradójicamente, que alcance una difusión mucho mayor.

En política, cuando todo se convierte en escándalo, y cada decisión es presentada como una amenaza y el señalamiento se repite hasta el cansancio, el ciudadano puede comenzar a percibir algo distinto de aquello que el opinólogo-crítico pretende transmitir.

La insistencia pierde fuerza. El mensaje se desgasta. La credibilidad comienza a erosionarse. Y aquello que se buscaba desacreditar adquiere, sintomáticamente, mayor visibilidad.

Conviene recordar que la crítica también tiene una vida útil, y algunas personas parecen olvidar esta realidad.

Hay críticas que duran lo que dura una tendencia en redes sociales: explosivas, virales y fugaces. Otras sobreviven mientras una obra, producto o decisión permanece en el centro de actualidad. Y existen aquellas que, por su calidad, oportunidad y autoridad, pueden permanecer durante décadas y convertirse en referencia para interpretar un acontecimiento. Una, la estamos vivenciando luego de tres años de angustias, insistencias y procesos investigativos atropellados pero persistentes.

Por eso, no toda crítica pesa igual: importa quién la formula, dónde se publica, qué evidencia la sustenta y, sobre todo, cuánto tiempo consigue conservar la atención de la sociedad.

Esta reflexión resulta particularmente pertinente frente a ciertas formas de cuestionar y de hacer política. La historia, ofrece suficientes ejemplos de lo que puede ocurrir después: debilitamiento institucional, dependencia, corrupción, deterioro de finanzas públicas y, finalmente, mayor conflictividad social.

Por eso, la crítica es indispensable, pero también lo es la responsabilidad con que se la ejerce.

Criticar para corregir fortalece la democracia. Criticar para destruir puede terminar debilitándola.

Además, existe un peligro que no deberíamos subestimar: cuando la repetición sustituye a la evidencia, una afirmación puede adquirir apariencia de verdad simplemente porque ha sido reiterada muchas veces.

Pero también puede suceder lo contrario.

Una crítica exagerada, reiterativa y desproporcionada termina perdiendo credibilidad. Y cuando el ciudadano percibe que todo es presentado como una catástrofe, llega un momento en que deja de distinguir entre lo verdaderamente grave y aquello que solamente pretende parecerlo.

Quizá, entonces, la pregunta no sea cuánto criticamos, sino qué queda después de la crítica.

Si queda una política seria, una institución más fuerte y una ciudadanía mejor informada, podremos concluir que la crítica cumplió su cometido.

Pero si queda solamente ruido, cansancio y una sociedad dividida entre consignas, habremos convertido la crítica en otra cosa: una herramienta de desgaste que, por exceso, termina produciendo el efecto contrario.

Y ese es el verdadero búmeran: el dardo lanzado para debilitar al adversario puede terminar otorgándole precisamente aquello que más necesitaba: visibilidad, legitimidad y una segunda oportunidad.

Para bien o para mal, “palo porque bogas, palo porque no”, en nuestras manos está el dilema de nuestro destino. (O)

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