Que los niños sean niños

Columnistas, Opinión

Vivimos en una época en la que parece que todo debe suceder rápido. Esta idea también ha llegado a la crianza: algunos padres esperan que sus hijos caminen, hablen, aprendan, lean o adquieran nuevas habilidades lo antes posible. Cuando otro niño alcanza una habilidad antes, puede aparecer la preocupación: “¿Por qué el mío todavía no lo hace?”.

Sin embargo, el desarrollo infantil no funciona como un cronómetro.

La evidencia científica muestra que existe una importante variabilidad en la edad en la que los niños adquieren determinadas destrezas. La Organización Mundial de la Salud ha documentado, por ejemplo, amplios rangos en la adquisición de hitos motores como sentarse, gatear y caminar. Esto significa que dos niños de la misma edad pueden encontrarse en momentos diferentes de su desarrollo sin que necesariamente exista un problema.

Por eso, los hitos adquiridos en el desarrollo deben entenderse como una guía para observar el crecimiento, no como una competencia entre niños.

Esto no significa que debamos ignorar las señales de alerta. Si un niño no alcanza determinadas habilidades, pierde capacidades que ya había adquirido o existen preocupaciones importantes sobre su lenguaje, movimiento, interacción o aprendizaje, es obligatorio consultar con un profesional. Una evaluación adecuada permite diferenciar entre la variación esperada y una posible dificultad que requiera atención especializada.

El problema aparece cuando convertimos cada cumpleaños en una lista de exigencias: “ya tiene dos años, debería hablar así”, “ya tiene tres, debería hacer esto” o “a esta edad ya debería comportarse de determinada manera”. Las expectativas rígidas pueden hacer que los adultos olvidemos algo fundamental: los niños no se desarrollan todos de la misma manera ni al mismo tiempo.

Criar no consiste en acelerar cada etapa, sino en ofrecer oportunidades adecuadas para que el niño explore, juegue, se comunique, aprenda y desarrolle sus capacidades en un ambiente tranquilo y seguro.

En lugar de preguntarnos constantemente “¿ya debería hacerlo?”, quizá sea más útil preguntarnos: “¿Cómo puedo acompañarlo en lo que está aprendiendo ahora?”.

Porque respetar el ritmo de un niño no significa dejar de estimularlo ni dejar de estar atentos. Significa comprender que acompañar su desarrollo es diferente de apresurarlo.

La infancia no es una carrera. No se trata de quién llega primero, sino de brindar a cada niño las condiciones necesarias para desarrollarse de manera saludable y feliz. (O)

tamayodomenica5@gmail.com

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