¿El oro y el moro?

El dicho popular viene del año 1426, desde la época de lucha entre Castellanos y Árabes en España. Prometer el oro y el moro es hacer ofertas exageradas que no se van a cumplir, en este caso cada vez que se aproxima un nuevo proceso de elecciones seccionales, el escenario político parece repetirse como una obra ya conocida. Las plazas vuelven a llenarse de discursos, las redes sociales se inundan de promesas y los candidatos recorren barrios y comunidades ofreciendo soluciones inmediatas para problemas que, en muchos casos, llevan décadas sin resolverse. Es el tiempo en que, como dice el viejo refrán, algunos prometen «el oro y el moro».
Convencidos de que la memoria del elector será más corta que sus discursos. La política surgió para servir a la sociedad, no para servirse de ella. Sin embargo, la experiencia nacional ha dejado una inquietud legítima: para ciertos actores, el ejercicio del poder parece haberse transformado en un medio para obtener privilegios, influencia o beneficios personales, antes que en una auténtica vocación de servicio. Esta percepción no surge del pesimismo, sino de una historia marcada por promesas incumplidas, obras inconclusas, casos de corrupción y autoridades que, una vez alcanzado el cargo, olvidan el contacto permanente con quienes depositaron en ellas su confianza. Sería injusto afirmar que todos los políticos responden a ese patrón. Hemos conocido servidores públicos honestos, capaces y comprometidos con sus comunidades. Precisamente por ello, la ciudadanía tiene el deber de distinguir entre quienes presentan propuestas sustentadas en trabajo y trayectoria y quienes aparecen únicamente en tiempos de campaña con discursos grandilocuentes y soluciones milagrosas. Las elecciones seccionales no son un simple trámite democrático. En ellas se decide quién administrará los recursos públicos, quién planificará el desarrollo de las ciudades, quién tendrá el compromiso de mejorar la movilidad, la seguridad, el acceso al agua potable, los espacios públicos y la calidad de vida de miles de familias. Elegir mal no solo afecta cuatro años de administración; muchas veces significa retrasar el desarrollo de una comunidad durante una generación.
De hecho, la democracia no se fortalece con aplausos incondicionales, sino con ciudadanos que cuestionan, investigan y exigen rendición de cuentas. El voto no debe ser un premio a quien mejor habla, entrega regalos ni a quien más publicidad despliega; debe ser un reconocimiento a quien ha demostrado que entiende que la política es un encargo responsable y no un negocio. Las próximas elecciones representan una nueva oportunidad para romper el ciclo de la decepción. El llamado es claro: pensemos, reflexionemos y meditemos nuestro voto. En las urnas no solo se eligen autoridades; también se refleja el grado de conciencia de un pueblo. Porque cuando la política deja de ser un servicio para convertirse en un negocio, quien siempre termina pagando el precio son los ciudadanos. (O)
