El primer juicio por herencias en Jambato. 1631

Columnistas, Opinión

He vuelto a la lectura paleográfica de letra encadenada en el renovado espacio del Archivo Nacional, Seccional Tungurahua.  Se respira un aire de dignidad ambateña que no deja de atraer agradecida memoria a sus impulsores: el ex gobernador Santiago Vargas, el Dr. Luis Miguel Rivera, la archivóloga Da. Lolis Fariño, a los empeños del Ing. Gonzalo Callejas H, y la gente de Quito, a quienes el Cronista de Ambato les brinda el merecido aplauso de gratitud en su nombre y por su representación.

En mi mesa de trabajo abro la Caja # 1, expediente # 1, de Juicios Ambato del fondo notarial cifrado para los años 1631 hasta 1661.

Partamos del documento que se registra como “licencia” por cuanto por fin y muerte de Rodrigo García Carrillo y Gerónima Méndez Abril Carrillo, “quedaron como sus hijos legítimos y universales herederos los dichos el Dr. Pedro González  Abrill, Gerónima Méndez a quienes  toca la herencia”.  En la escribanía están “el 31 de Henero de 1631, ante el escribano del  Rey Nuestro Señor, y público y (con) los testigos, el Dr. Pedro González Abrill; y Jacinto de Moya (quien es) marido y conjunta persona de Gerónima Méndez Abrill Carrillo; y Joan Servio de Cordovilla” con licencia y venia “dada por la real justicia a la dicha Lorenza Méndez, su menor”.

Todos están concertados para partir y dividir entre ellos los que pasan a ser sus bienes “avaluados por el capitán sargento mayor Isidro Martínez de la Puente y el capitán Alonso Martínez de la Puente” que dan un monto de 30.243 patacones, que realmente es una gran fortuna. Como advertencia para los estudiosos, se verá que el escribano pone unas veces las cantidades como si fuesen pesos, y otras dice ser patacones. “De cuya cantidad se rebajan los censos que estaban cargados sobre las haciendas, de la manera siguiente”:

“En la época colonial, un censo sobre los predios no era un conteo estadístico de población, sino un contrato o gravamen financiero. Una persona recibía un préstamo (a menudo de la Iglesia o capellanías) y comprometía su propiedad (hipoteca) inmobiliaria para pagar una renta o pensión anual” (IA)

“Al licenciado Mathías de Aldass, cura beneficiario del pueblo de Píllaro se le paga 3.725 patacones.

Al Dr. Pedro Bohorques, presbítero vecino de la ciudad de Quito, 1.000 patacones de 1 real.

A María de San Agustín, monja profesa de la Limpia Concepción de Nuestra Señora de la villa de Riobamba, 1.000 patacones de censo principal.

Al padre fray Rodrigo García Carrillo, religioso de la orden de Nuestra Señora de las Mercedes se le paga otro censo de 1.500 patacones.

A Catalina de Santa Ana, monja de la limpia concepción de la villa de Riobamba, 200 patacones.

Que juntas estas cinco partidas hacen 7.425 patacones.

Este detalle del llamado censo que aparece en las redes virtuales no concuerda del todo como un préstamo, sino como un compromiso de dependencia practicado por la iglesia a cambio de favores eclesiásticos, sobre todo por compromisos de decir misas que asumían los encomenderos y latifundistas. Una aspirante a ingresar en un monasterio también pagaba una “dote”. En todo caso es una deuda, más de compromiso moral.

De otro lado esta parte del documento abre algunas ventanas al conocimiento de inmigrantes, espíritu religioso, tipo de valores económicos en las transacciones, presencia de órdenes religiosas, entre otras. (O)

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