Una vida revolucionaria

Mi esposa y yo nos casamos hace casi dos años. Juntos, pese a las dificultades cotidianas, hemos construido una vida feliz, marcada por el trabajo duro, los planes para el futuro y el deseo de formar un hogar.
Sin embargo, entre las generaciones jóvenes existe una tendencia creciente a casarse más tarde, tener menos hijos y postergar decisiones que antes marcaban el ingreso a la vida adulta: abandonar la casa de los padres, comprar una vivienda, adquirir un automóvil o formar una familia.
En Ecuador, los matrimonios son cada vez menos frecuentes. En 2010 se registraban 50,3 matrimonios por cada 10.000 habitantes, mientras que en 2025 la cifra bajó a 28,7. Las personas también esperan más tiempo para casarse por primera vez. En 2007, los hombres se casaban, en promedio, a los 28 años y las mujeres a los 25; actualmente lo hacen a los 34 y 32 años, respectivamente.
La disminución del número de hijos es aún más clara. En 1950, cada mujer ecuatoriana tenía, en promedio, 6,83 hijos; en 2022, ese promedio cayó a 1,86. Además, los hogares son cada vez más pequeños: pasaron de tener, en promedio, 3,8 integrantes en 2010 a 3,2 en 2022. Al mismo tiempo, los hogares formados por una sola persona aumentaron del 12,1 % al 16,7 %.
No todo responde a una transformación cultural. También existe una explicación económica. En diciembre de 2025, apenas el 37,3 % de los jóvenes de 18 a 29 años tenía empleo adecuado. Cuando los ingresos son inestables, el crédito es difícil y la vivienda exige años de ahorro, comprometerse con una hipoteca, un matrimonio o la crianza de un hijo se vuelve una decisión más costosa. Muchas personas no rechazan esos proyectos: simplemente los aplazan porque sienten que no pueden financiarlos.
Precisamente por eso, quienes hoy eligen casarse, tener hijos, ahorrar durante años y endeudarse para construir un hogar están viviendo, en cierto sentido, una vida revolucionaria. No porque reproduzcan el pasado, sino porque desafían una época que privilegia lo inmediato, la flexibilidad y la ausencia de compromisos permanentes.
Mi esposa Alejandra y yo decidimos casarnos porque compartíamos la visión de una vida familiar y un hogar juntos. Que otras personas prefieran permanecer solteras, no tener hijos o priorizar otros aspectos de su existencia es completamente válido. Al final, cada ser humano debe decidir cómo quiere vivir y construir su destino. Pero, en estos tiempos, apostar por un proyecto familiar de largo plazo quizá sea una de las decisiones más difíciles y revolucionarias que todavía podemos tomar. (O)
