De los encendedores de la Luz de América.

Columnistas, Opinión

Para arrancar una historia apasionante sobre el germen o semilla inicial de haber roto con el dominio de la arrogancia española, amparada en la monarquía que sostenía racismo, clasismo, aristocratismo, cristianismo, indianismo, colonialismo y otras formas de discriminación, vamos a arrancar con la paradójica historia de un Conde Cayambeño nacido un 28 de septiembre de 1717, referido como Don Miguel de Jijón y León o el Conde Jijón.

Convengamos primeramente en que la luz no se encendió el 10 de agosto de 1809, ni se apagó el 2 de agosto de 1810 con la masacre. La luz no se encendió con las armas. La luz se enciende primero con el cambio de ideas; con la lucha contra las tinieblas y a las penumbras a que se ha acomodado la masa social.

La luz está en libros, muchas más veces en los prohibidos. Aclarado el entendimiento se pasa a la acción. Pero para esto hay que superar la consabida represión. Aquí aparecen los líderes de la luz y de las revueltas, luchando contra lo obsoleto, moviendo el pensamiento único.

Presidente de la Sociedad Patriótica de Amigos del País: En 1789, a su regreso a América Jijón fundó la Sociedad Patriótica de Amigos del País en el año que era gestionada por la Escuela de la Concordia, junto con Eugenio EspejoJuan Pío Montúfar y Joaquín Sánchez de Orellana. Esta se fundó bajo el discurso famoso de Espejo titulado «Discurso para la creación de una Sociedad Patriótica». Contó con un total de 23 criollos y un mestizo, y Jijón fue su presidente Juan José Guerrero y Matheu fue el director y Eugenio de Santa Cruz y Espejo sería el secretario. 

Bajo el impulso de Espejo se editaría el periódico Primicias de la Cultura de Quito desde el año 1792. No obstante, un año más tarde, el 11 de noviembre de 1793 sería desaprobada mediante la Cédula Real. Otras personas ilustres que formarían parte de esta asociación serían: José de Cuero y CaicedoJuan Pío de MontúfarFrancisco Luis Héctor de CarondeletAntonio Nariño y Manuel de Larrea y Jijón.

 Problemas con la Inquisición:

En Lima tuvo que pasar por un litigio económico y luego tuvo que defenderse en Ibarra ya que el padre Miguel Vidaurreta lo había denunciado como represalia porque Jijón no quiso reconocerle ni arrendar sus haciendas. Por esta razón fue denunciado en la Inquisición de Cartagena de Indias bajo el delito de leer libros prohibidos, probablemente los que había traído desde su estancia en París al borde de la fragata «El Diamante». Esta denuncia escaló a Madrid, desde donde los inquisidores le invitaron a los tribunales de la ciudad de Granada y Sevilla. Se armó el sumario y lo remitieron a Lima de regreso. En 1790 tuvo que presentarse ante el Tribunal de Lima, caso contrario le aprehenderían. En Ibarra le visitaron para hacer una lista de las 223 obras que en un total de 861 volúmenes tenía en su haber, la mayoría estaban en francés. 

Existe además sospechas de que la Inquisición lo había vigilado desde hacía mucho tiempo atrás puesto que él había vivido en países protestantes (un hipotético viaje a Países Bajos), además había ayudado a Olavide en su proceso inquisitorial y por último tenía una costumbre de afirmar sus opiniones libremente sobre progreso, moralidad, y el éxito que estaban teniendo las otras monarquías que adelantaban a la Española durante ese siglo. 

Jijón se defendió en una carta dirigida a la Inquisición de Lima donde narra su situación actual detallando el hecho desde su regreso al Virreinato de Nueva Granada se encontraba ahora solo en su casa en el campo rodeado de un par de españoles, mestizos y algunos indígenas. Ni siquiera tenía una vida activa dentro de Quito y simplemente recibía de vez en cuando a un sacerdote para celebrar misa en su hacienda en Otavalo. (O)

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