Entre la valla y la compasión

Columnistas, Opinión

Miles de personas, en pocas horas, cruzaron la frontera entre Marruecos y Ceuta la semana anterior. La pequeña ciudad española, que tiene aproximadamente 18,5 km² y poco más de 80.000 habitantes, vio desbordada su capacidad de respuesta. Las calles, los centros de acogida y los servicios públicos fueron sometidos a una presión extraordinaria. Esta crisis migratoria dejó de ser una estadística para convertirse en una emergencia humanitaria.

Aunque este drama tiene lugar a miles de kilómetros, no debería sernos indiferente. Ecuador conoce la migración desde ambas orillas. Durante décadas y hasta hoy, cientos de miles de compatriotas buscan un futuro en Estados Unidos y Europa, huyendo de las crisis económicas o de la falta de oportunidades. Simultáneamente, hemos recibido importantes flujos de ciudadanos colombianos y venezolanos, cuya llegada ha generado tensiones sociales, desafíos para los servicios públicos y preocupaciones en materia de seguridad. La migración nunca es un fenómeno sencillo. 

En la inmensa mayoría de los casos, las personas no abandonan su tierra por capricho. Detrás suele haber historias de pobreza, violencia, falta de libertades o mafias que convierten la desesperación en un negocio. No obstante, comprender ese drama no significa que un Estado deba renunciar al control de sus fronteras ni al cumplimiento de sus leyes. La compasión no puede sustituir al Estado de derecho, pero el Estado de derecho tampoco puede renunciar a la compasión.

La situación adquiere mayor complejidad porque miles de los recién llegados son menores de edad que sobrevivieron a un viaje lleno de riesgos. Ellos no pueden ser tratados como una amenaza ni reducidos a una cifra; requieren protección y atención inmediata. Pero esa responsabilidad tampoco puede recaer de forma exclusiva sobre una ciudad cuya infraestructura ha sido sobrepasada. La respuesta exige cooperación de muchos actores y acciones decididas para combatir las mafias que lucran con el sufrimiento humano.

Hace más de dos mil años, Jesús pronunció un principio que es una brújula para afrontar dilemas de este tipo: «Traten a los demás como ustedes quieran que los demás los traten a ustedes» (Mt 7,12). Esto no elimina las fronteras ni sustituye las leyes: recuerda que detrás de cada migrante hay una persona y detrás de cada frontera una comunidad que tiene derecho a vivir en paz. Los muros separan territorios, pero los derechos humanos impiden separar la dignidad de las personas. (O)

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