La verdadera disciplina

Columnistas, Opinión

Seguro en algún momento de nuestras vidas nos la habrán impuesto y/o (nos la habremos autoimpuesto), por eso, todos estaremos de acuerdo en ubicar a la disciplina como el camino más apropiado para convertirnos en hombres y mujeres de bien.

Esta, que puede ser una verdad de Perogrullo, no lo es, necesariamente. Se lo explico. 

A algún maestro se le ocurrió levantar una encuesta bastante informal entre sus alumnos respecto al tema. La pregunta era simple y directa: ¿Qué es la disciplina? Las respuestas abundaron en monosílabos tales como: actitud; voluntad; carácter; fuerza; etc. pasando algunas por la idea de: “esforzarse para alcanzar el éxito” y muy pocas mejor elaboradas como: “disciplinado es quien hace lo que tiene que hacer a pesar de no querer hacerlo”.

Luego de escuchar las intervenciones, el maestro habló. Fue infidente al revelar su infancia y juventud relatando que vivió prácticamente en la miseria de una apartada aldea rural en donde difícilmente podía alimentarse con tres comidas diarias. Su padre, un indígena decente y muy trabajador, le obligaba a diario a levantarse a las cuatro de la mañana para juntos ordeñar la vaca, darle el escaso pienso que había y retirar unos cuantos huevos del gallinero. Luego, tenía que caminar un par de horas de ida y otras tantas de vuelta a la comuna más cercana para asistir a la escuela. Recuerda que en varias ocasiones se molestaba y lloraba por las exigencias de su padre a las que no les encontraba sentido si, total, él las podía hacer solo.

Hasta que un día, con una mejor condición de vida como vocacionado maestro, entendió que la disciplina no es solamente elegir lo que hace bien sobre lo que resulta fácil, lo cual es cierto, sino que es algo bastante más simple y profundo: “la verdadera disciplina -les dijo- es una forma de demostrarse amor a sí mismo; porque, fíjense bien jóvenes -advirtió-: se puede ser disciplinado también para procurar el mal, de manera que, solo cuando se descubre que la verdadera disciplina fomenta el amor propio, jamás se la podrá usar para hacer daño.”

“Es así como, mi padre -continuó el maestro dirigiéndose a sus alumnos- veía eso que yo aún no podía comprender. Yo pensaba que solo me enseñaba disciplina, pero él sabía que la dura rutina a la que me sometía me iría formando por dentro hasta saberme lo suficientemente honesto como para aceptar la persona que quiero ser en el futuro. Y lo consiguió; quise ser grande, entonces hizo que aprendiese a amarme”

“Por eso -culminó el maestro- la verdadera disciplina va mucho más allá de la sola motivación o fuerza de voluntad, bien encaminada nos enseña algo invalorable: a amarnos a nosotros mismos y consecuentemente a ser buenas personas.” (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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