La indescifrable desfachatez de la memoria

Columnistas, Opinión

Cuando la ambición y la amnesia política vuelven a acostarse en la misma cama, el resultado jamás puede ser distinto al desastre que ya vivimos: una sociedad degradada, convertida en pedigüeña del subsidio, especialista en la mentira, adicta a la especulación y resignada a la desvergüenza.

Porque aquí nadie olvida por accidente. Se olvida por conveniencia.

Y entonces reaparecen los mismos de siempre: partidos en desbandada, dirigentes sin causa y oportunistas reciclados, subiéndose a los buses del caótico e ineficiente “servicio público” para agitar reclamos que ni siquiera merecen discusión. Todo sirve cuando el objetivo es sobrevivir del presupuesto, mantenerse en el “mame” político y seguir traficando influencia sobre una ciudadanía que merece infinitamente más que esta feria de miserias.

Tampoco sorprende el papel de ciertos “empresarios del transporte”, expertos históricos en bailar con todos los gobiernos, financiar todas las campañas y apostar a todos los bandos. Nunca defendieron principios; defendieron privilegios. Su verdadera ideología siempre fue encontrar el resquicio que les permita seguir ordeñando al Estado.

Y ahí está el verdadero problema: una memoria traviesa, selectiva y descaradamente rentable.

Porque mientras el país intenta salir -a duras penas- de décadas de subsidios perversos, populismo fiscal y dependencia enfermiza, aparecen otra vez los mercaderes del caos ofreciendo el mismo veneno que nos dejó quebrados. Pretenden hacernos creer que regresar al subsidio del diésel es un acto de justicia social, cuando en realidad es apenas otro negocio político disfrazado de sensibilidad popular.

Ya cobraron. Ya recibieron. Ya negociaron.

Ahora necesitan volver a incendiar la calle para renovar la renta, sin mejorar ni actualizar esas unidades caducas e irresponsablemente inseguras con las que -disque- brindan un servicio deficiente y mezquino.

Lo grotesco es que siempre encuentran aliados: alcaldes calculadores, dirigentes sin escrúpulos y candidatos desesperados que empiezan a relamerse frente a cualquier protesta porque en cada disturbio creen ver un puñado adicional de votos.

Y mientras tanto, la ciudadanía vuelve a quedar atrapada en el círculo miserable de promesas, chantajes y manipulación emocional.

Por eso el problema no es únicamente económico ni político. Es moral.

Una sociedad que no exige memoria termina condenada a financiar eternamente a quienes viven de destruirla. Y un país que normaliza el incumplimiento de la palabra pública termina aceptando que la extorsión sea método de gobierno.

De ahí que la única salida posible siga siendo la vigilancia ciudadana, el pensamiento crítico y la capacidad de identificar a quienes convierten cada crisis en oportunidad de negocio electoral. Porque ningún país se construye premiando a los responsables de su decadencia.

Pero claro… la memoria es traviesa.

Nunca descansa.

Ahora recoge firmas para revocatorias improvisadas y oficialmente no autorizadas, se infiltra en reclamos oportunistas y acompaña a quienes, faltando a su palabra, pretenden echar abajo una medida que el resto de los ecuatorianos ya asumió como parte del precio necesario para abandonar los atavismos populistas que casi terminan por destruirnos.

No se rompan demasiado la cabeza intentando entenderlo.

Los olvidadizos de la palabra simplemente quieren volver al subsidio.

Y detrás del subsidio, volver al poder. Ese es su modus vivendi. (O)

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