Control

Columnistas, Opinión

Digámoslo claro: todo lo queremos bajo control. Mientras más aspectos del día a día los tengamos vigilados, medidos y supervisados, sentimos que ganamos, que estamos dominando.

En casa, los padres de familia les exigimos a nuestros hijos regresar de la fiesta a una hora determinada. En el trabajo, debemos cumplir horarios y metas. En la escuela hay tareas, trabajos y exámenes que presentar. En todos estos casos y muchos más, la idea es llevar un control.

Nos hemos acoplado tanto a controlar y ser controlados que ahora con la tecnología a flor de piel queremos aprovecharla buscando en ellas conseguir tal cometido. Con una oferta abrumadora de aplicaciones de todo tipo (hoy en día se publican alrededor de 1500 apps diarias nuevas, sumando más de medio millón solo en un año), no falta quien las use para ser más productivo, competitivo, eficaz e incluso también más consciente y calmado.

Es así que, a un solo clic se encuentran fácilmente un abanico enorme de ofertas que permiten medir y comparar todo lo que podamos imaginar: kilómetros recorridos, calorías quemadas, pasos dados, libros leídos, días dedicados a meditar, etc., etc., etc.

Y no está mal, de hecho, en muchos casos efectivamente ayudan; es más, no faltará quien argumente que mientras lo tenga “bajo control” todo estará bien. Pero el problema es justamente ese: cuando, en el momento menos pensado, el control se nos va de las manos y dejamos de disfrutar aquello que era una fuente de placer para convertirlo en una fría rutina competitiva. Si por cualquier motivo, no se cumplen (o superan) las metas, irónicamente esa app que en principio tenía el objetivo de volvernos más sosegados y felices (como la de meditación, por ejemplo), termina siendo una fuente de ansiedad autoimpuesta.

Esto con las aplicaciones tecnológicas. En la vida diaria, sin embargo, la conducta de las personas, la responsabilidad de los colaboradores, el cinismo de políticos corruptos, el mal genio de la pareja, los berrinches de los hijos, la deslealtad, la traición, la torpe maniobra de algún conductor irresponsable, el clima, la enfermedad, las guerras y mil etcéteras más, donde no tenemos ningún control ni tecnología que nos ayude, es fácil sentirnos impotentes.

La causa para tal frustración es que todos aquellos son factores externos que no dependen de nosotros, provocados, muchas veces, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad.

Por lo tanto, si aún no lo ha deducido, sí, hay algo -lo único en realidad- que está en nuestras manos y que sí podemos (debemos) controlar al cien por ciento: nuestra reacción frente a esos hechos. En otras palabras, si algo tenemos que controlar, que no sea nada externo, sino únicamente nuestra propia forma de responder al mundo exterior.

¿Quiere tener el mundo bajo control? Controle sus emociones y dominará el mundo. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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