La impunidad se alimenta del racismo

Columnistas, Opinión

La tragedia de la familia Medina no termina con la pérdida de sus seres queridos; se extiende y se pudre en la esfera pública a través de una de las formas más crueles de violencia: la revictimización cargada de racismo. Tras el asesinato de la hermana de Steven Medina, uno de los menores del caso «Las Malvinas», cuya ejecución a manos de militares ha sido documentada como un crimen estatal, la respuesta de un sector de la sociedad no ha sido la solidaridad o la exigencia de justicia, sino la calumnia y el prejuicio.

Es una miseria humana profunda observar cómo, ante la sangre derramada, el primer instinto de muchos es activar el manual de la criminalización. Los comentarios que inundan las redes sociales, sugiriendo que la víctima «en algo ha de haber andado» o burlándose de su condición, tienen un objetivo político claro, aunque quienes los escriben no siempre lo noten: lavarle la cara a la violencia estatal. Cuando se etiqueta a una persona afrodescendiente o de un sector empobrecido como «sospechosa» por defecto, se está otorgando un cheque en blanco a las fuerzas del orden para que sigan matando con impunidad.

El racismo en este contexto no es solo un insulto; es el veneno que paraliza la empatía y justifica el horror. Al deshumanizar a la víctima basándose en su origen o color de piel, estos comentarios construyen una narrativa donde ciertas vidas valen menos y, por lo tanto, sus muertes no requieren explicación ni justicia. Es el refugio de quienes prefieren vivir de rodillas ante el abuso militar, aceptando la narrativa oficial sin cuestionamientos, antes que reconocer que el Estado está fallando en su deber más básico: proteger la vida.

A la familia Medina, el Estado ecuatoriano ya le debe vidas y una reparación que parece nunca llegar. Sin embargo, a los autores de estos comentarios, la sociedad les debe una educación urgente en derechos humanos y una confrontación ética. Debemos entender que el silencio y la burla ante estos crímenes nos vuelven cómplices de un sistema que hoy persigue a los vulnerables, pero que mañana, bajo la misma lógica de «seguridad» sin límites, podría ir por cualquiera. La justicia para los jóvenes de las Malvinas y para la hermana de Steven es la única vía para limpiar una democracia que hoy huele a racismo y a olvido. Sin verdad, no hay seguridad; y sin humanidad, no hay justicia posible. (O)

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