Cangrejo en olla: El país no decide 

Columnistas, Opinión

Ecuador no fracasa en minería por falta de minerales, porque con seguridad tenemos tanto o más que nuestros vecinos. Fracasa porque no se decide. Y en esta línea de aproximación me cuesta reconocer -con dolor- un comentario que alguna vez me hiciera un colega de otra nacionalidad, cuando en un momento de definiciones en una instancia internacional, estando una candidatura de por medio decía… “tengo miedo de ti cuando estás solo, porque acompañado de tus paisanos, ellos se encargan de sostener tus pies para que no te eleves” “son como cangrejos en olla, no permiten que alguien salga”.

Nos gusta fingir que el problema es técnico, ambiental o incluso moral, cuando no lo es. El problema es más incómodo: no sabemos qué queremos como país y, mientras no lo sepamos, seguiremos atrapados en el mismo ciclo estéril: proyectos que nacen, protestas que frenan, gobiernos que retroceden y una economía que no despega. No por falta de interés sino por ausencia de decisión.

Aquí nadie quiere pagar el costo de decir la verdad. Algo muy simple: no existe minería sin impacto. No existe renta sin riesgo. No existe desarrollo sin conflicto. Pretender lo contrario es infantil, como también lo es creer que la única alternativa es renunciar a todo y cruzarse de brazos esperando por un milagro.

Ecuador vive en esa contradicción permanente entre impavidez y angustia. Quiere los beneficios de la minería, pero no sus costos. Quiere inversión extranjera, pero sin ceder control. Quiere empleo, pero sin transformar el territorio. En resumen: quiere todo, pero no acepta nada.

Ese autoengaño tiene consecuencias, porque la inversión no se espanta por regulaciones duras; lo hace por la incoherencia de un país donde una concesión puede ser legal hoy y políticamente inviable mañana. Donde las reglas no cambian porque mejoran, sino porque el conflicto obliga; y, donde el Estado promete orden, pero no puede ni controlar la minería ilegal que destruye ríos y financia economías criminales porque -cuando se empeña en hacerlo- no falta quien, de entre los suyos, proteste, demande, se incomode e interfiera, porque afecta a sus “intereses”.

Ese es el verdadero absurdo: se bloquea la minería formal en nombre del ambiente, mientras la ilegal avanza sin freno. Y en ese escenario, el mensaje al mundo es devastador: Ecuador no es un país difícil; es un país impredecible. Y la inversión no negocia con lo fortuito, aunque el gobierno se esfuerce en maquillarlo.

El problema no se resuelve pidiendo “más inversión” ni repitiendo que necesitamos desarrollo, sino tomando una determinación que nadie quiere tomar. ¿Queremos minería?…  Si la respuesta es no, hay que decirlo sin rodeos y asumir el costo: menos ingresos, menos inversión y menos margen fiscal. Resultado: más impuestos para cubrir el tren de vida que pretendemos darnos de a gratis.

Si la respuesta es sí, entonces hay que dejar de sabotearla. Implica definir zonas intangibles reales, imponer estándares ambientales exigentes, garantizar control efectivo y asegurar que las comunidades reciban beneficios visibles. Sobre todo, supone sostener esas reglas en el tiempo, incluso cuando sean impopulares y trabajar a fondo para que la gente entienda que -lo que no es serio- es seguir jugando a las dos puntas: firmar concesiones para tranquilizar a los mercados y tolerar bloqueos para calmar a la calle.

El doble discurso no protege al país. Lo debilita. No garantiza su progreso, nos empobrece. Porque al final, la minería no es el problema, es apenas el espejo en que se refleja un Estado que no logra imponer reglas, una sociedad que no acuerda límites y una política que prefiere administrar el conflicto antes que resolverlo.

Ecuador no está atrapado por el extractivismo. Está inmovilizado por su incapacidad de resolver. Y mientras eso no cambie, no habrá minería ordenada ni desarrollo. (O)

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