Etnoedúquense II

Columnistas, Opinión

Por la falta de conocimiento, el peso de las palabras nos permite caer en un fósil lingüístico que arrastra siglos de dolor y deshumanización, el anhelo de todo hombre y mujer  es que se destierre el racismo de nuestro lenguaje cotidiano.

El lenguaje no es un ente estático ni inocente; es el reflejo fiel de la estructura mental de una sociedad. En Ecuador, expresiones como «trabajar como negro» persisten en el habla cotidiana, a menudo bajo el escudo de la «costumbre». Sin embargo, detrás de esta frase se esconden dos connotaciones profundamente violentas que debemos diseccionar para erradicar.

En primer lugar, la frase alude directamente a la época colonial, donde la población africana y sus descendientes fueron sometidos a la esclavitud. No se refiere a una jornada laboral extenuante bajo términos modernos, sino a la anulación total de la dignidad humana, donde el trabajo era sinónimo de tortura, falta de remuneración y propiedad absoluta del amo. Usarla hoy es trivializar un crimen de lesa humanidad.

En segundo lugar, este adjetivo perpetúa un sesgo cognitivo peligroso: la idea de que ciertas etnias poseen una «naturaleza» predestinada al esfuerzo físico extremo o al servilismo, mientras otras se reservan para el intelecto o el mando. Al decirla, el hablante se victimiza desde el privilegio, ignorando que la igualdad no se construye sobre la base de quién sufre más, sino del respeto mutuo y la equidad de derechos.

Un llamado al cambio estructural: No basta con dejar de decir la frase; necesitamos entender por qué nació. El racismo y la discriminación se nutren del desconocimiento. Por ello, es imperativo que el Estado ecuatoriano asuma su responsabilidad histórica:

Revisión de la Malla Curricular: Es urgente la inclusión real y transversal de los Estudios Afroecuatorianos en todos los niveles educativos. La historia de nuestro país está incompleta si no se narra la resistencia, la cultura y el aporte intelectual de la población afrodescendiente.

Fortalecimiento Docente: No se puede enseñar lo que se ignora. Se requiere capacitar al magisterio para que identifiquen y corrijan estos micromismos, transformando las aulas en espacios de verdadera inclusión.

Reafirmar nuestro compromiso con la igualdad exige un ejercicio de desaprendizaje. Debemos jubilar esas expresiones que ofenden la memoria de nuestros pueblos. El lenguaje debe ser un puente hacia la justicia, no un muro que perpetúe el estigma. (O)

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