Declaraciones apresuradas

Las relaciones internacionales pueden tensarse no solo por los hechos, sino también por las palabras.
Gustavo Petro, presidente de Colombia, afirmó en los últimos días que una bomba del ejército ecuatoriano habría ingresado a territorio colombiano durante operaciones militares en la frontera. Luego advirtió que no quiere una guerra. En realidad, nadie en su sano juicio desea una guerra.
El mundo atraviesa ya demasiados conflictos: Ucrania, Medio Oriente, tensiones en Asia. Añadir un nuevo foco de confrontación en una región históricamente fraterna sería, además de irresponsable, innecesario.
Con el paso de las horas, versiones más técnicas han señalado que el artefacto explosivo en territorio colombiano no habría sido el resultado de un ataque deliberado, sino un impacto accidental en la zona limítrofe, producto de operaciones contra grupos armados irregulares. No se trató, por tanto, de una agresión dirigida contra Colombia.
Aquí aparece un problema recurrente: la rapidez de la declaración frente a la lentitud de la verificación. Los presidentes no son expertos en todo, y para eso existen ministros, mandos militares y asesores. Sin embargo, cuando la palabra presidencial se adelanta a los hechos comprobados, el resultado inmediato es la tensión.
No es la primera vez que la frontera vive un episodio de este tipo. En 2008, Colombia ejecutó una operación en Angostura, en territorio ecuatoriano, que terminó con la muerte de Raúl Reyes y otras personas. Fue una violación evidente de la soberanía nacional que generó una grave crisis diplomática. Aun así, el conflicto no escaló a un enfrentamiento armado. Prevaleció, finalmente, la diplomacia.
Conviene recordar que los verdaderos actores de la violencia en la frontera no son los Estados, sino los grupos irregulares. Disidencias, bandas criminales y redes de minería ilegal operan sin reconocer límites geográficos. Para ellos, la línea que separa los países es irrelevante.
Por eso, resulta paradójico que surjan declaraciones que pueden interpretarse como gestos de confrontación en lugar de fortalecer la cooperación. La inseguridad fronteriza no se resolverá con discursos altisonantes ni publicaciones en redes sociales, sino mediante una coordinación efectiva entre los Estados.
En política internacional, una declaración apresurada puede abrir una crisis innecesaria. Ecuador y Colombia no necesitan verse como amenazas, sino como aliados frente a un enemigo común. Mientras los gobiernos discuten, los grupos delictivos avanzan. Y ellos, a diferencia de los Estados, no respetan fronteras. (O)
