Normalizar el exceso

Hablar del consumo de alcohol en Tungurahua implica ir más allá de lo socialmente aceptado. No se trata solo de “tomar ocasionalmente”, sino de cómo el exceso se ha integrado en la vida cotidiana hasta volverse invisible. Este fenómeno no es menor: datos del Ministerio de Salud Pública estiman que alrededor del 35,3% de la población en la provincia son bebedores activos, lo que refleja una presencia significativa del alcohol en la dinámica social.
Desde una perspectiva psicológica, lo preocupante no es únicamente la frecuencia del consumo, sino su significado. Muchas personas no beben por placer, sino como una forma de regulación emocional. El alcohol funciona como un “anestésico psicológico”: reduce momentáneamente la ansiedad, la tristeza o el estrés. Sin embargo, este alivio es superficial y temporal. A largo plazo, refuerza un patrón de evitación emocional, donde la persona no aprende a gestionar lo que siente, sino a escapar de ello.
En Tungurahua, esta normalización comienza temprano. Se ha reportado que el 34,9% de niños entre 10 y 14 años ya se han embriagado al menos una vez. Este dato es crítico: implica que el consumo no solo está extendido, sino también culturalmente permitido desde edades vulnerables. A esto se suma que en Ambato, cerca del 19,33% de adolescentes consume alcohol de forma ocasional, lo que evidencia un inicio progresivo hacia patrones de mayor riesgo.
El problema se agrava cuando el entorno refuerza la conducta. En contextos donde beber es sinónimo de pertenencia, desahogo o diversión, el individuo difícilmente cuestiona su comportamiento. De hecho, investigaciones señalan que Tungurahua está entre las provincias con mayor consumo de alcohol en el país. Esto no solo valida la conducta, sino que la convierte en norma.
Psicológicamente, este patrón tiene consecuencias claras: mayor impulsividad, deterioro en la toma de decisiones, incremento de conductas agresivas y dificultades en las relaciones interpersonales. No es casual que el consumo problemático se relacione con violencia familiar y conflictos sociales. El alcohol no resuelve el malestar; lo amplifica.
El punto central es este: cuando una sociedad normaliza el exceso, pierde la capacidad de reconocer el problema. Y cuando el consumo se convierte en la principal vía de escape emocional, se limita el desarrollo de herramientas reales de afrontamiento. Dejar de romantizar el alcohol no implica prohibirlo, sino entender su función psicológica y cuestionar por qué tantas personas necesitan desconectarse de su propia realidad para poder sostenerla. (O)
