Más educación con menos calidad

Más allá de las promesas de estabilidad económica, oportunidades y una vida digna que la educación parecía asegurar a los ecuatorianos, hoy en día las filas del desempleo están ampliamente ocupadas por personas con títulos de tercer y cuarto nivel que no pueden encontrar un trabajo. Esto, además de responder a los problemas de la economía, está relacionado con que en nuestra sociedad hay cada vez una mayor educación que, por su parte, tiene una menor calidad.
Basta con mirar los datos de la educación de tercer nivel en el país para entender este fenómeno. Para 2015 existían 630.000 estudiantes en las universidades e instituciones de educación superior y en 2025 estos fueron 1.137.000. De la misma manera, en este periodo el número de programas de maestría ofertados en el país creció de 263 a cerca de 1.000 y la cantidad de publicaciones científicas pasó de 3.997 a 12.423.
Lejos de habernos convertido en una sociedad de científicos e investigadores, la dura realidad en el país es que hay más estudiantes en las aulas, pero no más conocimiento en ellas. La producción en masa de profesionales por parte de las universidades y centros de educación superior, el poco control del Estado sobre la calidad de los programas de tercer y cuarto nivel y, sobre todo, la idea de que la educación es un derecho y no un valor que se gana con sacrificio y excelencia nos han llevado a tener una sociedad de profesionales con poco valor.
Cada vez es más frecuente encontrar profesionales que, a pesar de sus títulos académicos, no cuentan con las habilidades necesarias para ejercer su profesión, innovar o emprender actividades que generen empleo e inversión para la sociedad. Profesionales que terminan buscando un espacio en un sector público saturado, en lugar de construir oportunidades en el sector productivo.
En este sentido, la educación no es una promesa a futuro si se convierte en un regalo que se nos da sin ningún esfuerzo. La frase de nuestros padres y abuelos, “quemarse las pestañas”, retoma un nuevo valor. Porque en un contexto donde la calidad de la educación va en caída libre y los títulos abundan, ser un profesional de calidad sigue siendo, ante todo, una responsabilidad individual. (O)
