Un mundo al borde y una ciudadanía en silencio

Columnistas, Opinión

Entre una posible tercera guerra mundial, desigualdades permanentes y miedos colectivos, plantas llenas de poder, división ciudadana y poca importancia a la política en los países latinoamericanos en especial, en la mañana del domingo 1 de marzo, conocemos la noticia maravillosa de la muerte del Ayatola Seyyed Alí Jamenei, el considerado líder supremo que gobernó (desde la obscuridad) a Irán durante casi cuatro décadas con mano de hierro y leyes absolutamente radicales en contra de la libertad de pensamiento y en contra de las mujeres en su mayoría. Tras la operación y bombardeos llevados a cabo por Estados Unidos e Israel en Irán se generó una respuesta inmediata y a partir del viernes 27 de febrero, aproximadamente, empezaron una hola de bombardeos a países como Israel, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Catar, Kuwait, Jordania, Arabia Saudita; según fuentes internacionales e información oficial en redes sociales los bombardeos apuntaban a bases militares de Estados Unidos e Israel en la región. Despues de estos acontecimientos varios de estos países afectados denuncian públicamente dichas agresiones y se reservan su capacidad de respuesta. ¿Qué esperar mirando estos acontecimientos mundiales que generan miedo, inseguridad, desconfianza y alcanzan los máximos daños innimaginables?. Mientras tanto, en Ecuador, con el Gobierno de Daniel Noboa se eleva aranceles a importaciones de Colombia al 50%, intensificando el conflicto comercial con aranceles mucho más elevados. Según las autoridades colombianas, Colombia exportó bienes a Ecuador por un valor superior a los 1.9 billones de dólares en 2024. Las importaciones desde Ecuador ascendieron a más de 800 millones de dólares en ese mismo año, por tanto, ambos países se encuentran entre los socios comerciales más importantes de la región andina. El volumen comercial bilateral es de aproximadamente 2,8 billones de dólares anuales. Con la posible entrada en vigor del nuevo arancel el 1 de marzo, el conflicto económico y político entre ambos países se intensifica aún más. ¿Conflictos, caos y malas noticias? ¿Dónde está la esperanza para los pueblos entre tanto gobernante que a veces se le olvida que sus competencias están ancladas en la solución y capacidad de atender y cubrir las necesidades básicas de la ciudadanía? ¿Si sigue así el mundo qué esperamos? Y mas aún con sociedades inertes ante tanto dolor ajeno, sociedades impávidas y poco organizadas. ¿Qué hacer? ¿Qué esperar?. Porque quizá el mayor peligro no sea únicamente la guerra, ni los aranceles, ni las tensiones geopolíticas que reconfiguran el mapa mundial casi a diario. El verdadero riesgo es la normalización del caos, la costumbre del miedo y la peligrosa indiferencia colectiva frente al dolor humano.

Mientras los líderes toman decisiones que afectan millones de vidas desde escritorios lujosos y  lejanos, las sociedades parecen acostumbrarse a observar la historia como espectadoras y no como protagonistas. Y allí radica la crisis más profunda de nuestro tiempo: pueblos cansados, fragmentados y desconectados de la política, precisamente cuando más necesaria resulta la participación ciudadana consciente.

La esperanza no llegará desde los misiles ni desde los discursos oficiales. Nacerá —si aún estamos a tiempo— desde la capacidad de las sociedades para recuperar la empatía, exigir responsabilidad a sus gobernantes y reconstruir comunidad en medio de la incertidumbre global.

Porque cuando el mundo parece avanzar hacia la confrontación permanente, la verdadera resistencia consiste en no perder la humanidad, no renunciar al pensamiento crítico y recordar que la política, en su esencia más noble, debería servir para proteger la vida y no para acostumbrarnos a vivir con miedo e ignorantes.

El futuro aún no está escrito, pero dependerá menos de quienes gobiernan el mundo y más de cuánto estén dispuestos los ciudadanos a dejar de guardar silencio y actuar, actuar verdaderamente y con el corazón. (O)

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