El Foro Económico Mundial y su nuevo orden implícito

¿A que no sabían que cada año se desarrolla el Foro Económico Mundial, conocido como el Foro de Davos? Hoy convertido en una organización internacional que reúne anualmente en Suiza a líderes empresariales, políticos, académicos y sociales para discutir los problemas globales más urgentes del planeta. Bajo el discurso de “impulsar la cooperación público-privada”, este foro procura —al menos en el relato oficial— encontrar soluciones en ámbitos como la economía, la tecnología, el medio ambiente y la geopolítica, funcionando como una plataforma global de diálogo; un diálogo cada vez más desgastado y frágil en un mundo profundamente polarizado.
En la práctica, Davos se presenta como una supuesta opción de consenso entre los países participantes, revestida de tecnicismos, cifras y promesas de futuro, pero sostenida sobre una estructura de poder profundamente asimétrica, muchas veces absurda y muy confusa.
Este 2026, año marcado por tensiones globales que observamos atónitos, expone con crudeza esa contradicción. Una guerra casi interminable entre Palestina e Israel; conflictos persistentes entre Estados Unidos y varios países de Oriente Medio como Irán, Siria, Irak y Yemen; tensiones geopolíticas con Venezuela, Rusia y Ucrania, y ahora incluso con Canadá. A esto se suma una inestabilidad permanente en torno a los llamados “acuerdos internacionales” que supuestamente buscan la conservación ambiental y el tan proclamado desarrollo sostenible, el mismo que en cada agenda territorial muy pocas veces importa.
La confusión se profundiza cuando, paralelamente, continúan las graves injusticias en materia de equidad de género en distintos países —Irán como uno de los ejemplos más evidentes— y cuando la indignación colectiva parece diluirse frente a la repetición constante del horror. Todo ello obliga, al menos, a pensar más allá de lo que vemos día a día desde nuestra muchas veces limitada introspección.
En este escenario de desigualdad obscena, donde la redistribución de la riqueza resulta casi inexistente y donde al menos una docena de familias concentran gran parte de la riqueza mundial, los discursos bien intencionados suenan vacíos. A pesar de los “esfuerzos” de las organizaciones internacionales de derechos humanos y de los múltiples intentos por disminuir la desnutrición infantil y las brechas sociales, seguimos habitando un mundo profundamente desigual, fragmentado y moralmente confuso.
Durante este Foro de Davos, Elon Musk, uno de los multimillonarios más influyentes del siglo XXI, fue nuevamente un participante destacado. Entre risas y declaraciones ambiguas, afirmó que pronto habrá más robots que seres humanos, que él mismo se considera un “alienígena”, y que sin inteligencia artificial nadie podrá salir adelante ni mejorar sus condiciones de vida. Bajo la retórica del progreso tecnológico, se esboza así un nuevo orden mundial donde el “apoyo al resto del mundo” parece depender exclusivamente de quienes concentran el capital, el conocimiento y el control de la tecnología. Obviamente Musk, según ilustra Oxfam en un informe muy interesante sobre economía mundial, gana en cuatro segundos lo que una persona promedio gana en un año.
Y es aquí donde la pregunta se vuelve inevitable y profundamente incómoda:
¿Quién define realmente el futuro del mundo?
¿Foros de élite que deliberan a puertas cerradas mientras millones luchan por sobrevivir, o los pueblos que padecen las consecuencias de decisiones que jamás tomaron?
Tal vez el problema no sea la ausencia de ideas, la tecnología o los recursos, sino la peligrosa normalización de un sistema que convierte la desigualdad en paisaje, la injusticia en estadística y la humanidad en un experimento más. Porque ningún “nuevo orden” puede llamarse progreso si se construye sobre el silencio de los excluidos y la comodidad de quienes nunca pagan el costo de sus propias decisiones. (O)
