Ideologizando el pragmatismo

El reciente encuentro internacional de ideas y propuestas ha reavivado una tensión central en nuestra época: la confrontación entre ideologías y pragmatismo.
Esta discusión se torna más relevante en un mundo donde el diálogo y el debate económico no solo son necesarios, sino urgentes, y, en Ecuador, este dramatismo se intensifica con las actuaciones y decisiones de su presidente versus las reacciones de la oposición, marcando un escenario político en constante transformación.
La política ecuatoriana no ha sido un libro abierto. Diría mejor, es un teatro donde, lamentablemente, el guion cambia, pero los actores continúan repitiendo similares gestos frente al poder.
En ese horizonte es bastante común la figura de ese individuo político o «falsario» que no busca convencer a través de la verdad; pero se deleita más bien con la confusión que genera, bajo el entendido que: la duda erosiona más que la mentira abierta. Antes discutíamos hechos, ahora negociamos interpretaciones y, este fenómeno, no solo revela la habilidad de determinados actores políticos, sino también nuestra alarmante tolerancia social hacia la hipocresía.
Si bien el pragmatismo, se presenta como un método filosófico y una herramienta de gestión, puede convertirse en una ideología encubierta; y cuando enfatiza la eficacia por encima de los principios termina por reemplazar ideologías sin reconocerlo. Absolutizada la eficacia, el discurso pragmático puede transformarse en una coartada moral que justifica -incluso- acciones nada éticas.
En la actualidad, la política ecuatoriana muestra un desfile de máscaras: Promesas que nacen muertas, discursos grandilocuentes que no resisten la más mínima confrontación con la realidad y hasta enemigos fabricados para desplazar responsabilidades propias, forman parte del escenario cotidiano.
La llamada oposición a menudo recurre a dislates que evidencian más su desesperación por deslegitimar al gobierno en funciones que a aportar a una crítica constructiva. En lugar de ofrecer alternativas viables a la ciudadanía, muchos opositores parecen más interesados en el espectáculo mediático que en el bienestar del país.
Este contexto se ahonda al considerar restrictivamente el papel del presidente, quien ha intentado navegar entre el pragmatismo y la promesa de cambio.
Su administración ha comenzado a implementar medidas que, aunque necesarias, no siempre han estado acompañadas de un discurso cercano y convocante. La falta de una narrativa que cohesione e integre sus acciones a un proyecto más amplio de país ha dejado a muchos ciudadanos desconcertados. La gobernabilidad que busca lograr se ha visto minada cuando las decisiones tomadas se perciben –sin necesariamente serlo– como improvisaciones, más que como parte de una visión a largo plazo.
Pero la ciudadanía está cansada de la dinámica política tradicional, y ha comenzado a generar resistencias desde lo cotidiano. A veces apresuradas e inconvenientes. Los ecuatorianos no solo toleran sacrificios; exigen autenticidad y verdad. Para muchos, la política, más que un juego de intereses escondidos y promesas ahuecas; debe ser un espacio de participación real y honesta.
Por lo tanto, no es tiempo de consensos vacíos ni pactos furtivos, sino de un presupuesto explícito y fundamentado sobre lo que se quiere construir como país. Preguntas cruciales requieren respuestas claras sobre el tipo de economía que se debe priorizar; el rol del Estado; la distribución de costos y beneficios; y, sobre todo, qué líneas no se deben cruzar en cuanto a la corrupción y la impunidad.
Estos, son asuntos que pueden devolver a la política su esencia, fortaleciendo la democracia.
En conclusión, mientras el presidente y la oposición transiten en sus respectivas sendas, la ciudadanía debe recordar que exigir verdad es un acto radical y necesario. En el contexto actual, donde el pragmatismo se asemeja más a una estrategia de supervivencia que a un camino hacia el progreso genuino, es fundamental que la sociedad se involucre activamente.
La política no puede seguir siendo un carnaval de disfraces.
Necesitamos construir un Ecuador donde el bienestar colectivo supere a las ambiciones individuales. (O)
