Ricardo Callejas Chiriboga: Caballero de la industria y el deporte

Hay nombres que se escriben con tinta y otros que se graban, como el cuero fino, a golpe de esfuerzo, tiempo y una rectitud innegociable. La partida de Don Ricardo Callejas Chiriboga (1942-2026) no solo deja un vacío en el seno de una de las familias más tradicionales de Ambato; marca el cierre de un capítulo dorado en la historia industrial y deportiva de nuestra ciudad.
Hijo de la «Ciudad de los Tres Juanes», Ricardo fue el puente perfecto entre la tradición de sus ancestros y la modernidad que exige el mundo globalizado. Como heredero del legado de su padre, Don Ricardo Callejas Vásconez, entendió desde joven que el apellido no era un privilegio, sino un compromiso con la excelencia. Su paso por Alemania en los años sesenta, donde se especializó en química aplicada al curtido, no fue solo un viaje académico; fue la misión de un visionario que regresó para transformar un oficio artesanal en una potencia exportadora que hoy lleva el nombre de Tungurahua a más de 25 países.
Bajo su liderazgo en Curtiduría Tungurahua, Don Ricardo no solo gestionó una empresa; cultivó un ecosistema de trabajo y dignidad. Para él, el cuero no era un simple material, era «salud y arte». Quienes caminaron junto a él en la planta recuerdan su mirada técnica, su rigor alemán y esa calidez ambateña que le permitía ser, al mismo tiempo, el estratega que invertía en tecnología de punta y el guía que saludaba por su nombre a cada colaborador.
Su gestión transformó la ribera del río y los antiguos patios de secado en una industria sostenible, pionera en certificaciones internacionales como el Leather Working Group. Don Ricardo demostró que se podía ser exitoso siendo honesto, y que la empresa familiar es el núcleo donde se forja el carácter de una sociedad.
Corazón ‘celeste’
Pero la huella de Ricardo Callejas Chiriboga trascendió las paredes de la industria. Su otra gran pasión, el Club Deportivo Macará, fue el escenario donde volcó su amor por la ciudad. Como dirigente, no buscó el aplauso fácil, sino la solidez institucional. Fue un hombre de «Honor, Gratitud y Memoria», un macareño de cepa que entendía que el fútbol, al igual que el cuero, requiere resistencia y una piel dura para los momentos difíciles, pero un corazón suave para la entrega total.
Ambato despide hoy a un ciudadano ejemplar, a un caballero que entendía la elegancia no como una pose, sino como una forma de vida basada en el respeto y la palabra empeñada. Su partida física deja una estela de nostalgia en las aulas del gremio industrial y en las gradas del Bellavista, pero sobre todo, en el hogar de una familia que hoy custodia un patrimonio moral invaluable. (I)
