El desafío de opinar

Columnistas, Opinión

Esa libertad -tan propia y espontánea en el ser humano- sumada a la facilidad de desplazarnos y casi sin restricciones emitir razonamientos, ponderaciones o críticas sobre cualquier tema, constituye una de las experiencias más reconfortantes que pudiéramos referir. 

En realidad, opinar se ha vuelto un gesto reflejo, casi automático, como parpadear frente a la luz de una pantalla. Tan arraigado al fuero interno que, cuando aflora, no hace sino explicitar aquello que guarda el alma, atesora la memoria y protegen los sentimientos.

Pero esa libertad no habita únicamente en el recogimiento del pensamiento ni se agota en la contemplación íntima. Se manifiesta en la calidez de la vida cotidiana: en la conversación franca, en el gesto honesto, en la palabra dicha sin cálculo ni artificio. Y allí, donde la experiencia común se vuelve terreno fértil para el entendimiento, la opinión libre adquiere sentido humano y deja de ser un mero ejercicio intelectual para convertirse en acto de convivencia.

Decir lo que se piensa, pensar lo que se dice y sostenerlo con coherencia es, probablemente, la única manera de desarticular los simulacros que erosionan la confianza y vacían de sentido el debate público.

Vale recordar que no toda opinión nace del pensamiento: muchas brotan del impulso, del eco, de la necesidad de estar. De ahí que avanzar con la verdad, no sea solo un imperativo moral, sino una forma de cuidado colectivo, sobre todo en tiempos donde la mentira se disfraza de argumento y la falsedad intelectual y política pretende instalarse como norma. 

De hecho, la libertad de opinar se afirma como un compromiso: con uno mismo, con los demás y con la realidad compartida. Porque solo desde la verdad -aun incómoda, aun imperfecta- puede abrirse un camino que no conduzca al engaño ni a la claudicación del pensamiento.

Sin embargo, no toda verdad sabe conducirse con mesura. A veces duele tanto que, obnubilada, avanza como con vara de ciego. Arremete contra todo y contra todos, no admite matices ni reconoce otras posiciones. Se vuelve propietaria absoluta y, en lugar de abrir diálogo, clausura la disidencia y la arrincona. 

Cuando la verdad se transforma en dogma, deja de iluminar y comienza a herir.

Y ese es un asunto que no podemos soslayar: la verdad es necesaria, pero no autoriza el atropello; es urgente, pero no justifica la negación del otro. Defender la libertad de opinar implica también reconocer sus límites éticos. Porque una verdad que no escucha, que no se interroga, que no admite revisión, corre el riesgo de convertirse en aquello mismo que dice combatir.

Entonces, tal vez el desafío no consista solo en decir la verdad, sino en cómo decirla y para qué decirla. Porque la opinión que vale no grita: argumenta. No se apoya en la multitud, sino en la coherencia. Porque opinar de verdad implica escuchar, dudar, corregirse.

En tiempos donde todo pide juicio inmediato, la lucidez consiste en elegir cuándo hablar y cuándo callar. A veces, la opinión más honesta es la que todavía se está pensando. (O)

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