Violencia/ Fausto A. Díaz López

Columnistas, Opinión

La sociedad ecuatoriana difícilmente superará el impacto emocional, causado por las agresiones de atorrantes en contra de varias mujeres, quienes fueron víctimas en días pasados de hechos repudiables de maltrato y asesinato por parte de sus exparejas, por no someterse a sus caprichos. La Mesa de Género de la Cooperación Internacional en un comunicado dirigido a los familiares de las víctimas, luego de solidarizarse con las familias de las afectadas, condenó en duros términos este salvaje comportamiento y rechazó de manera frontal cualquier acto de violencia perpetrado en contra de ese sector tan importante de la sociedad.

La “MEGECI” sostiene el rechazo absoluto a cualquier forma de violencia en contra de mujeres y niñas; y, expresa que esta clase de salvajismo: “se ha convertido en una pandemia global que no entiende de nacionalidad ni fronteras”. Según datos publicados por la organización “la violencia de género afecta a una de cada tres mujeres en el mundo y se ha convertido en la primera causa de muerte para mujeres de 15 a 44 años”. En nuestro país, afecta a seis de cada diez mujeres. 

La gravedad de este comportamiento – sostiene la entidad – “requiere profundizar en: la prevención, en el acceso a los servicios de atención y protección a las víctimas quienes deben contar con un marco legal que actúe con prontitud y firmeza para contrarrestar y castigar con severidad esta clase de crímenes. Luego del repudio expresado por la sociedad, cabe reflexionar sobre asuntos que siendo parte de la formación de nuestros hijos a veces pasan desapercibidos y no se les presta mayor atención.

La repulsa expresada en forma pública, es una condena sin apelación para quienes sin contemplación y observación de reglas morales, utilizan la parte animal que todo ser humano lleva dentro para atacar a personas del otro sexo. La pregunta es ¿qué necesitamos hacer como sociedad, como ese conjunto de familias, para anular y desterrar esta terrible práctica? ¿Será posible regresar al control de adolescentes y postadolescentes, que antes de este modernismo era ejercido por padres y personas mayores del hogar; y, aún, por fuera del hogar? ¿Será posible todavía controlar la salida de jóvenes con amigos y conocidos que a veces se realizan sin la supervisión de autoridad alguna? Y por último ¿será posible volver a impartir las materias de “Moral y Ética” que antes se enseñaban primero en los hogares y eran reforzadas en las escuelas y colegios? Esta clase de problemas por muy delicados y sutiles, son difíciles de debatir en público. La forma más eficiente es que sean tratados en el seno de la familia y supervisados por la autoridad más idónea, la cual recae en los padres y luego en los centros de enseñanza primaria y secundaria. (O)

Deja una respuesta