Porte de armas / Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión



Ha vuelto al debate público la posibilidad de que el ciudadano común, la sociedad civil, el individuo de a pie, pueda portar armas como mecanismo de defensa ante un ataque del que pueda ser objeto por parte del hampa -ellos sí, dicho sea de paso- muy bien dotados con armamento de grueso calibre y sin problema de llevarlos consigo a donde quiera.

Para empezar, debemos aceptar que muy difícilmente llegaremos a un acuerdo. Quienes están tanto a favor como en contra argumentan antagónica y fundadamente sus puntos de vista. Pocos y muy escuetos son los ejes coincidentes.

Aquellos que desechan tajantemente la posibilidad de que usted y yo podamos portar armas libre y abiertamente asientan su tesis en el principio que debería ser el Estado el único garante de precautelar nuestros derechos en seguridad, defensa y paz para todos, y no el ciudadano particular con un arma. Y que si el Estado ha perdido completamente el norte en este cometido (como efectivamente así es), otros deberían ser los mecanismos para obligarlo a que los cumpla, pero jamás procurar resolver la violencia con más violencia, porque es a eso a lo que conllevaría una decisión de este tipo. ¿Se imagina usted lo que pudo haber ocurrido -ponen como ejemplo- si había civiles armados en octubre del 2019? Una guerra civil de proporciones dantescas, advierten los opositores.

En cambio, quienes están a favor de que usted y yo podamos portar armas libremente defienden su posición bajo el argumento que ya se ha esperado demasiado para que el Estado tome acción y haga algo. Que jamás hemos sentido tanta indefensión y burla por parte de la justicia. Que indiscutiblemente los delincuentes tienen más garantías y derechos que las víctimas. Que así como la justicia ‘indígena’ es perfectamente entendible como consecuencia de una ‘ordinaria’ inoperante e injusta, la justicia por mano propia también lo será por las mismas razones. Que mientras los buenos seamos más y nos hagamos sentir con las armas, asaltos y robos tenderán a la baja. Y que al disparar a un antisocial y eliminarlo, cada día serán menos y como lógica consecuencia las ciudades serán más seguras.

Sí, ya sé. Las dos posiciones tienen aspectos positivos y negativos, por eso es difícil un acuerdo. Pero una cosa es segura: si el Estado continúa defendiendo al victimario y no a la víctima, no será necesaria la legalización del porte de armas, el hartazgo de la gente se hará sentir como y cuando menos se lo imaginen. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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