Cosas de la tauromaquia. 2020 /Pedro Reino Garcés

Columnistas, Opinión


A nosotros nos toca ver  la tauromaquia, entendida como una lucha contra el toro, como refiere la etimología griega, desde dos perspectivas sociales. Las “corridas populares”, y los “toros de cartel” elitista,  que se cree que está en el “placer estético” y con el que se deleitan los adinerados. Todos sabemos que en América, la colonia acarreó e implantó dos clases de toros: los que se sometieron al “yugo servil”, y civilizadamente sirvieron para roturar la tierra; y los que fueron recluidos en esa especie de conventos del salvajismo, en apartados rincones, con nombres de familias de tradición cornufiliática, o cornamentera, refundida en apartados parajes de sus latifundios, para que mantuvieran esa ‘casta’ genética, de ser un “pura sangre”, conforme a los abolengos que necesita ser extrovertida la bárbara aristocracia de esas bestias. Pruebas al canto, el país ha sido manejado por tauromaquiavélicos que han llegado a Presidentes.

Los españoles nos trajeron los toros: los de arada y los de “corridas”. ¿Cómo actuaron en los festejos con toros, en nuestra América? Pues con el surgimiento diversificado de toreros: los entendidos en el arte y los cholos e indios ebrios que se lanzaban a la sordina. Los peninsulares se convirtieron en los “maestros” de la tauromaquia, y los indios y mestizos en  aprendices de otras formas de morir corneados y cuerneados. Ricardo Palma dice que la primera corrida taurina que se dio en Lima fue un Lunes 29 de marzo de 1540: “Desde los días del Marqués Pizarro, diestrísimo picador y muy aficionado a la caza, hubo en Lima gusto por las lidias, pero la escasez  de ganado les hacía imposible”. Pizarro toreó, seguramente montado a caballo como rejoneador, de 72 años, y un año después fue asesinado por los almagristas, un 26 de Junio de 1541. Prueba que se salvó de la bestia pero no de la política.

En Quito, la historia dice que la primera corrida se dio en 1594, en homenaje al presidente del Cabildo, pero la tradición más fuerte por las corridas de toros populares se dieron por la iglesia que ofrecía semanas enteras de toros por las consagraciones del vino, por canonizaciones de los santos, como la de San Jacinto en Roma,  por Corpus Cristi y hasta por el retorno del Rey Felipe III con su mujer Margarita de Austria-Estiria por inicio de los 1600. 

En Ambato, se formaron comisiones con priostes y “mayordomos de toros, fuegos y comedias” con motivo de la erección de Ambato en Villa. Esto ocurrió un 14 de octubre de 1757. El documento dice: “mayordomo de fuegos y toros don Alejandrino de Báscones =  don Pedro de Erdoiza =  don Juan Antonio Arias =  Don Juan Salgado = Cristóbal Núñez el de Santa Rosa”. La conformación de esta comisión, entre otras, está registrada en el Libro de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, fundada en la iglesia Matriz de esta villa de Hambato, a cargo del cura teniente vicario y juez eclesiástico de esta villa, el señor Ministro don Pedro Bernardino López Naranjo, cura  y vicario propietario”( Pedro Reino, Proceso de la Creación de la Villa de San Juan de Hambato, p. 50)

Resulta que con el paso de los tiempos, “los toros”, es decir, la tauromaquia, se han vuelto cosas de la “tradición”, palabra que significa entre nosotros que se hacen y se practican estos festejos, sin poner de por medio ni la historia ni la reflexión. Así surgieron los toros mestizos, medio irracionales, que a veces aran la tierra y otras embisten en el festejo: “Mata cholo”, incentivaban los salasacas al toro Barroso, al Diablo y a unas vacas flacas que bandereando sus ubres haciendo correrías buscaban a los acosadores silvadores mestizos para desquitarse con sus cuernos. Mata indios acosaban a los toros de Atillo y de las haciendas de Yana-yacu que traía Don Basilio de por arriba de Mocha, para imponer respeto en las corridas. Mientras tanto los de Píllaro casi pierden su nombre ancestral  por Huagra Huasi (casa del toro) porque los Llanganates se habían vuelto de pura casta. Por estar subidos al Casaguala, los toros de Quisapincha perseguían al que sea y podían destripar en nombre de San Antonio, tal y como les había enseñado el cura Anrramuño desde la Colonia. Y en Ambato, la “tradición” de los hacendados fue encomendada a Nuestra Señora de La Merced que ofrecía espectáculos religiosamente “civilizados”, con toros que habían aprendido a discriminar los olores de la muleta: una cosa es el rojo de la bandera española, que huele a baúles de la aristocracia;  y otra cosa es el rojo de los ponchos indios que huele a rebeldías y a levantamientos. El dicromatismo de los toros está descartado…

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