La realidad de nuestra incredulidad / P. Hugo Cisneros

Columnistas, Opinión

LECTURAS DOMINICALES 


En estos últimos tiempos, nuestras ciudades, nuestras naciones y el mundo entero soportan acontecimientos que nos llenan de honda preocupación humana y cristiana. Se está introduciendo el miedo, la confianza entre ciudadanos; se asusta a la gente con amenazas, nuestros, actos irracionales de terror. La palabra que es el vehículo para generar una buena relación interpersonal está llena de injuria, de mentira, de calumnia y se ha convertido en el medio más eficaz para crear enojo, rivalidad y división entre los ciudadanos, entre los creyentes, rompiendo así ese ideal de la convivencia comunitaria proclamada en la primera lectura de hoy. 

Cabe preguntarnos, ¿a qué se debe tal situación? La Palabra de Dios quiere iluminarnos y quiere indicarnos las causas y el camino.

Si nos dejamos revestir por la verdad del Espíritu Santo (2ª. Lect.) terminaremos admitiendo que la causa final que provoca esta situación es la «falta de fe» que reprocha Jesús en el evangelio y que se ha constituido en el distintivo del hombre de hoy.

Hemos desterrado de nuestro mundo la fe en los valores humanos; hemos invertido la escala de valores que son aquellos que iluminan y que impulsan nuestras actuaciones, nuestros compromisos.

Hemos perdido la fe en Dios, en el Hacedor del hombre y de las cosas. Nos molesta su presencia, su vigilante providencia. Porque hemos perdido la fe en Dios nos hemos convertido en «lobos para el hombre». Cómo podemos respetar al semejante cuando no vemos en él la marca de Dios, cuando tapamos la imagen de Dios que él lleva.

La incredulidad de hoy se manifiesta en comportamientos humanos bien definidos: la incredulidad intelectual que ha montado, a todo nivel, un sistema filosófico mutilado y parcial de ateísmo. Hemos creado una mentalidad perniciosa de que Dios no cabe en la idea del hombre, de que el hombre es un ser arreligioso, que no necesita de Dios pues Él se vale solo en todas sus actuaciones. 

Otro comportamiento más programático, de incredulidad, defiende y propaga el gran dualismo de que el mundo de Dios, si bien necesario y aceptado, no debe meterse en el mundo del hombre. Dualizamos nuestra persona de creyentes: los asuntos de Dios para la esfera interior de la conciencia, y los asuntos del hombre deslindados totalmente de todo influjo religioso, de fe y de moral. Son esos «creyentes ateos» que abundan en nuestro medio.

Finalmente, el tercer comportamiento de aquellos que creyendo y viviendo su fe no pesan en la vida humana y en la transformación y en el progreso de la humanidad. 

No seas incrédulo sino creyente

Ante esta situación que nos hace perder la paz, la alegría y mutila nuestro compromiso en pro del hombre y de su progreso, Dios, a través de la palabra de Cristo, nos pide que seamos creyentes y que dejemos de ser incrédulos (Evangelio). 

Hay que volver los ojos a Dios y creer en Él si queremos creer en el hombre y en nosotros mismos. De las palabras del Evangelio deducimos que la fe no es tanto «ver y constatar» (¿porque has visto has creído?) sino sentir y vivir lo que se acepta. Alguien dijo que «yo creo en el sol no tanto porque lo veo, sino porque lo siento». Hay que volver a sentir a Dios y vivirlo como principio y fin de todas las cosas; hay que sentir y vivir a Dios como el transformador del hombre; hay que volver a sentir y vivir la confianza que Dios y Cristo han puesto en nosotros los hombres que nos lleva a «vencer al mundo» y sus valores (2ª. Lect.). Una fe en Dios nos lleva a tener fe en el hombre y a luchar por sus causas y a comprometemos por la construcción de una sociedad nueva que haga de la humanidad una familia, una comunidad de bienes, de unidad, de amor, de solidaridad a la «manera de la primitiva comunidad» ( l ª. Lect.). 

Esta vivencia de fe trasciende el tiempo y el espacio y nos introduce en el mundo misterioso de la bienaventuranza y la dicha: 

«Dichosos los que crean sin haber visto…!. (O)

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