Sepsis pestilente / Kléver Silva Zaldumbide

Columnistas, Opinión

 

 

 

Nuestro trabajo ocupa gran parte de nuestra vida y, si es cierto que, así como pensamos somos y que también somos lo que hacemos; entonces si nos sentimos rutinarios, monótonos y aburridos, lo más probable es que estemos haciendo un trabajo aburrido, monótono y rutinario. Se escucha que la gente que sale adelante en este mundo es la gente que se levanta y busca las circunstancias que quiere, y si no las puede encontrar, las hace, entonces nuestro trabajo será descubrir cuál será nuestro trabajo y después entregarnos a él poniendo corazón. Así cuando trabajemos, la gente pensará que somos disciplinadamente sacrificados, y no, no es disciplina ni sacrificio, es devoción, es pasión, pues sabemos que la pasión nos llevará más allá inclusive de nuestras limitaciones y de nuestros fracasos. Pasión y propósito van de la mano, el propósito nos apuntará a la dirección correcta y la pasión será lo que nos impulse. Sin pasión no tenemos energía, y sin energía no tenemos nada…Para sentir bienestar, tranquilidad, placidez y satisfacción, lo primero que tenemos que hacer es enamorarnos de nuestro trabajo…el resto viene adjunto. Claro que hasta aquí estoy hablando del trabajo verdadero, del trabajo del hombre de bien, pues ningún legado es tan rico y nada genera tanto placer como el fruto del trabajo honesto. Además, es importante recalcar que mientras preservemos nuestra reputación y respetabilidad en cualquier trabajo en el que nos desempeñemos, será suficiente riqueza y paz, tanto espiritual como mental, como para sentir felicidad verdadera.

A diferencia de los que vivimos del trabajo existen muchos trúhanes que quieren siempre vivir a costa del que trabaja. Con un fino y desarrollado olfato al dinero saben dónde direccionar sus cleptómanas intenciones para enquistarse en puestos claves, obviamente previo a sagaces estrategias para ganarse los votos necesarios. Son seres perdidos en quienes el sentimiento de la vergüenza ha muerto. Poseen el gen del cinismo con una amputación total de la vergüenza y/o la culpabilidad. Tienen todos los factores ambientales, neurológicos y genéticos para desarrollar una personalidad egocéntrica con altos niveles psicopáticos de maldad con una total ausencia de empatía. Tienen desactivado el remordimiento de conciencia ante sus enriquecimientos ilegales. Son de aquellos que no dicen lo que traman, jamás hacen lo que dicen y sólo se valen de retóricas de redención manoseando y ensuciando inclusive los nobles y bien intencionados esfuerzos de intelectuales, poetas y juglares que reclaman justicia e igualdad. Ofrecen un país sostenible y de bienestar social, pero, al cabo de poco tiempo, gracias a sus despilfarros y corrupciones, todo se derrumba y la sociedad en general padece de un malestar insoportable porque se llevan hasta las reservas económicas garantizando así al país un futuro de eterna crisis.

Basta un poco de intuición, neutralidad desinteresada, lógica racional y sentido común para sospechar y ver lo que muchos no veían desde hace años gracias al sagaz engaño, no sabíamos cuándo ni dónde, pero tarde o temprano se iba a confirmar, así como una infección, indefectiblemente, enrojece y se hincha hasta explotar el pus existente. Tuvo que pasar un corto tiempo, y este tiempo se constituye ahora en el juez que poco a poco los está sentenciando pese a que todo lo tenían controlado. Nadie quisiera imaginar cuanto más daño económico y moral hubieran provocado a nuestro desamparado país si no se hubiera dado la llamada “traición” …ni más ni menos como la sepsis pestilente que están viviendo muchos hermanos latinoamericanos. (O)

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