Responsabilidad Compartida / Mario Barona

Columnistas, Opinión


         


No es difícil percatarse que cuando un delincuente alcanza cierto grado de permisividad en el cometimiento de sus fechorías, ya no es él solamente el culpable, sino quien (por acción u omisión) se lo permite.

En un inicio, siempre fueron culpables exclusivos de la atrocidad cometida en Venezuela tanto Chávez como Maduro, pero pasado un tiempo ya no fueron solo ellos, la responsabilidad recayó también en el propio pueblo que se dejó engañar y los respaldó; pero aún más, hoy por hoy la desgracia venezolana es una responsabilidad compartida de la comunidad internacional y la región en particular que jamás reaccionó y permitió con su silencio que gobierne una narcodictadura y acabe un país.

Como vemos, aunque sea un hecho aparentemente ajeno, tenemos responsabilidad en él; por lo tanto, al interior de nuestro país esa responsabilidad compartida que viene a facilitar todo a los delincuentes, sería incluso más obvia. El hecho tal vez más evidente y cercano: la legislación penal groseramente permisiva con el delincuente y que deja en indefensión a la víctima (otra obra de la Revolución Ciudadana). Hemos dicho hasta el cansancio que se debe legislar con firmeza y sin contemplación con aquellos delincuentes reincidentes, esos que hacen del delito su modus vivendi, con ellos no hay que esperar que exista una denuncia particular, debería ser el Estado quien de oficio los encarcele por muchos años. Pero como esto no ocurre, la culpa ya no es solo del delincuente, sino de legisladores, jueces y autoridades que permiten que los antisociales sigan haciendo de las suyas.

Ahora vamos más allá, veamos un caso de delincuencia organizada, de esos que roban por millones, los trúhanes de cuello blanco. Jamás el Ecuador ha vivido una época de bonanza tan rica como en buena parte de la década correísta, sin embargo, fue donde más dinero se mal gastó endeudándonos hasta el tuétano, y el pueblo siguió aplaudiendo. Allí se cometieron también abusos y violaciones a diestra y siniestra, y el pueblo lo toleró. Dijo la guerrilla pública y abiertamente que les entregaron dinero para su campaña, pero nadie reaccionó. Espiaron y nadie habló. Respaldan y defienden a políticos acusados de corrupción aquí y afuera, y a nadie le importó. Cometieron y dejaron cometer un sinfín de fechorías, y se dicen perseguidos. Con todo eso, la culpa ya no es solo de ellos, sino estrechamente compartida con aquellos que siguen respaldándolos. (O)

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