Mujeres en la fundación de América /Pedro Reino

Columnistas, Opinión

 

La nuera de Cristóbal Colón María Álvarez, a pesar de las armaduras, ha logrado engendrar siete hijos con Diego, su creyente esposo: Felipa, Luis, María, Juana, Isabel, Cristóbal y Diego Colón Toledo. Está segura que va a tener tantos nietos como nobles perversos necesita el nuevo mundo. Queda viuda en 1526 y sustituyó la memoria de su marido con muchos emprendimientos. Hay que fomentar la traída de esclavos africanos al Caribe porque los indios están diezmados, piensa, y ella misma se asocia desde 1536 con desalmados traficantes.

Un día decide leerles lo que ha escrito adulonamente Fray Bartolomé de las Casas sobre su marido:
“Fue persona de gran estatura, como su padre, gentil hombre y los miembros bien proporcionados, el rostro luengo y la cabeza empinada, y que representaba tener persona de señor y de autoridad. Era muy bien acondicionado y de buenas entrañas, más simple que recatado ni malicioso; medianamente bien hablado, devoto y temeroso de Dios y amigo de religiosos, de los de San Francisco en especial, como lo era su padre, aunque ninguno de otra orden se pudiera dél quejar y mucho menos los de Santo Domingo. Temía mucho de errar en la gobernación que tenía a su cargo; encomendábase mucho a Dios, suplicándole lo alumbrase para hacer lo que era obligado.”

Corre el año 1530 cuando la decidida María Álvarez de Toledo regresa a España para poder litigar mejor con los burócratas que recelan heredarle privilegios para los descendientes del Descubridor del Nuevo Mundo, su señor suegro Don Cristóbal. En las puertas de los palacios reales, un 28 de enero de 1536, el Consejo de Indias le retira a Diego Colón los diezmos de las tierras de América y el título de Virrey. María consigue una renta vitalicia anual de quinientos mil maravedís para sus hijas, y para su hijo menor, el renovado Diego, el hábito de la Orden de Santiago, además de la renta. La gente de esa época comentaba que su hijo mayor es un auténtico sinvergüenza. Esto le parece muy poco por lo cual planificará estratégicas alianzas matrimoniales para sus hijos y descendientes.

Cuando se mira en un espejo de cuerpo entero, se da cuenta que va a cumplir sesenta años. Se sale del espejo y decide volver al mar de los caribes ya casi despoblado de indios. En Julio de 1544 llega a La Española con dos bultos de un tesoro inapreciable. Al llegar a su casa de hacienda la encontró destruida y en ruinas.
Al abrir uno de los bultos, vuelve a la lectura de un papel sellado: 2 de junio de 1537: se le otorga autorización a Luis Colón, hijo de Diego Colón y nieto de Don Cristóbal para que los monjes del monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas de Sevilla, le entreguen los restos de ambos Almirantes. María recuerda el día en que fueron a desenterrar a sus inmortales calaveras. Era como abrir el mar que se había repletado de putrefacciones, de codicias y de sangre. Guardó por poco tiempo entre sus tereques los dos bultos que eran el tesoro con el que retornó de España. Habló con los sacerdotes de la catedral de Santo Domingo para entregarles lo que más quería: Eran los restos mortales de su marido y de su suegro, según lo había pedido y dispuesto en su testamento su esposo Diego en 1523.

Un día de 1548 en que el mar estuvo espléndido, con el color de las esmeraldas y las turquesas que habían llorado tantos indios, María decide redactar su testamento de mujer obediente. Un 11 de mayo de 1549, ella entraba desvestida de sus viudas carnes a los nichos de la catedral de Santo Domingo. Ha dejado escrita como su última voluntad que no le entierren en el mismo nicho de su marido, sino debajo de él, en el suelo de la capilla, junto al presbiterio del altar mayor, de donde salen sus huesos, a veces, a contarnos historias de la fundación de América. (O)

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