Las bibliotecas, un alimento para el alma / Ing. Patricio Chambers M.

Columnistas, Opinión

Las bibliotecas han existido durante milenios y a pesar de que alguien puede pensar que en esta era digital, han quedado obsoletas, lo cierto es que no dejan de fascinar como lo han hecho desde su nacimiento.

Las primeras evidencias de la existencia de una biblioteca se descubrieron en Sumeria, en la región histórica de Mesopotamia, donde se desenterraron tabletas de arcilla organizadas. Contenían textos en cuneiforme, con registros de ventas y transacciones comerciales.

A lo largo de la historia, una de las más notables fue la Gran Biblioteca de Alejandría en Egipto, donde se intentó recopilar todo el conocimiento del mundo antiguo en un solo lugar. 

Lamentablemente fue quemada por el gobernante romano Julio César en un error militar en el año 48 a.C. que según relatos, el incendio se salió de control y causó una devastación considerable en la ciudad y de paso a su famosa biblioteca.

Actualmente la biblioteca más grande del planeta es la del Congreso de EEUU, que cuenta con 164 millones de publicaciones en 450 idiomas, aunque está disponible únicamente para funcionarios de alto rango.

La idea de biblioteca, como tantas otras cosas del mundo moderno, ha ido variando y por ello hoy muchas de ellas cuentan con artículos diversos como juguetes, semillas, herramientas, música, audiolibros, arte e incluso seres humanos que actúan como “libros vivientes” y cuentan historias sobre sus vidas.

En el primer tercio del siglo pasado, se recoge un relato del gran Federico García Lorca cuando en septiembre de 1931 inauguraba la primera biblioteca de la provincia de Granada, expresando lo siguiente:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”. 

“Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?”

Luego recordaría al insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, cuando estando prisionero en Siberia, pedía en una carta a su familia: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’…  “tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón”. (O)

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