La verdad sobre el 30S / Esteban Torres

Columnistas, Opinión

Hoy se vuelve hablar sobre el nefasto 30S. Qué bueno, porque ya era hora. Cuántas familias y cuántos inocentes sufrieron y fueron perseguidos por la mayor farsa y mentira que se ha montado en las últimas décadas de nuestra historia republicana. Aborrezco a todo aquél que haya tenido participación alguna en su consumación o planeación.

Conocí la farsa del 30S en dos momentos. El primero como estudiante universitario, ese mismo día. Desesperado porque no había canal alguno que informase lo que pasaba en las inmediaciones del Hospital de la Policía -toda la comunicación estaba deliberadamente bloqueada-, caminé junto a muchos jóvenes valientes hacia las inmediaciones del Canal Público a ver por qué sucedía esto. Una crucial llamada a escasos metros de llegar me detuvo y finalmente no fui. Los que sí fueron, sin embargo, terminaron procesados y en el exilio ya casi ocho años, sin haber hecho absolutamente nada. Uno de ellos, mi buen amigo Francisco Endara.

El segundo momento ya fue luego de algunos años como abogado en libre ejercicio. Asumí la defensa penal de un honorable y probo Coronel ambateño que prestaba sus servicios en la zona del Austro, al que injustamente le acusaban de haber participado en el 30S al levantar a un Regimiento que estaba bajo su mando. Cuando yo asumí su defensa ya había pasado varios años procesado, con su familia sufriendo injustamente, con su honor manchado, completamente desfinanciado y a punto de ser condenado por un crimen que nunca cometió.

Luchamos y luchamos pero la presión política que recibía su caso era incontenible. ¿Por qué le perseguían? Porque el relato inventado del 30S necesitaba una cabeza de peso condenada en el Austro. Y él era un Coronel, muy respetado por todos. Llegamos incluso a enterarnos algunos meses después que, faltando una semana para la Audiencia de Juicio -aunque en lo personal a mí eso me no consta-, la máxima autoridad del Estado en una reunión no oficial con funcionarios judiciales de la región recalcó la urgencia con la que se le debía condenar, sin contemplaciones.

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