La enfermedad del apuro / Kléver Silva Zaldumbide

Columnistas, Opinión

4.000 mil años atrás, Egipto inventó el primer reloj y era del sol, por tanto, no medía el tiempo en la noche. El de agua o Clepsidra, indicaba la hora durante la noche al vaciarse el agua que contenía. El más antiguo fue encontrado en un templo egipcio y data de hace 3. 356 años. Durante el siglo XVI, en Europa, se empezaban a usar los relojes de arena, que medían la duración de las misas en las iglesias. Galileo Galilei inspiró a Christian Huygens en el diseño del primer reloj de péndulo en 1656, era el más exacto hasta entonces con un margen de error de 5 minutos diarios.

El primer reloj eléctrico que se accionaba por atracción y repulsión eléctrica, se construyó en 1840 por Alexander Bain. Finalmente, Louis Cartier, creó el primer reloj de pulsera para uno de los primeros aeronautas de la historia, Santos Dumont, quien necesitaba las dos manos para manejar, pero quería ver la hora…Pero quien iba a pensar que este aparato iba convertirse en nuestro jefe, nuestro amo, nuestro verdugo, una aparente máquina infernal. Antes nos acostábamos cuando el sol caía, nos levantábamos cuando el sol salía, comíamos cuando teníamos hambre, pero hemos dado paso a una“sociedad del rendimiento” donde ya no somos nuestros propios amos, ya no tenemos libertad para distribuir nuestro tiempo, resulta difícil ponernos nuestros propios límites, llegamos  casa y seguimos trabajando hasta la madrugada, nos exigimos tanto que, así como en otras épocas habían las pandemias virales o bacterianas, hoy la pandemia mundial es la ansiedad, los pánicos. Nunca nos imaginamos que, cada vez, con más influencia, muchas enfermedades mentales estarían ligadas a la vida frenética y acelerada actual. Esta modernidad prospera con la velocidad, la instantaneidad y los resultados inmediatos. Actuamos como si hubiéramos sido programados sin verdadero pensamiento, como si nos estuviéramos quedando sin tiempo nos movemos lo más rápido posible. Incluso cuando no es necesario, actuamos, pensamos, sentimos y decidimos con imprudente rapidez. 

Todo esto está relacionado con el estrés y de hecho en los últimos congresos en Europa y E.U. se habla de “La enfermedad del apuro” y es impactante porque nadie toma conciencia de este asunto, de la relación con el tiempo y la velocidad con la cual nos tomamos las cosas generándonos tensión que desencadenan finalmente enfermedades de orden psiquiátrico.  

Por definición, esta enfermedad del apuro es un patrón de comportamiento caracterizado por la continua prisa y ansiedad; una abrumadora y continua sensación de urgencia donde uno siente la necesidad de apresurarse sin tener realmente una razón. Es un malestar en el que una persona se siente crónicamente corta de tiempo, y por lo tanto tiende a realizar cada tarea más rápido y se pone nerviosa cuando se encuentra con cualquier tipo de retraso. Nos suena muy familiar, ¿no?

Para aumentar el enigma, nuestra tecnología de rápida expansión, que está aumentando exponencialmente, se supone que mejora nuestras vidas al facilitar las cosas y al proporcionarnos el tiempo necesario para relajarnos. Los teléfonos inteligentes nos han bendecido con formas fáciles de comunicarnos instantáneamente; las computadoras responden a nuestras preguntas en una fracción de segundo y nos ayudan a satisfacer las crecientes demandas. Pero la tecnología se convierte en parte del nuevo problema que estamos sintiendo, no en la solución. Y el resultado es que, en nuestro mundo súper-rápido, súper-tecno, estamos experimentando una epidemia de enfermedades por apuro. (O)

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