Fiesta en la ciudad / Dr. MSc. Washington W. Montaño Correa

Columnistas, Opinión

 

La fiesta aglutina, atrae, acoge a propios y extraños que vienen en busca de distracción y entretenimiento a cambio de sus gastos en comida, bebida, hoteles, gasolina, ingreso a espectáculos y otros rubros que hacen que la visita sea una experiencia inolvidable y que con seguridad los hará volver.

La ciudad tiene mucho que ofrecer y es admirable que cada año se presenten varios espectáculos sin ninguna variación y las personas acudan masivamente; dicho de otra manera, los ambateños respaldan su fiesta magna y la han vuelto tradicional y patrimonial.

A más de lo anotado, cada año Ambato, es el gran imán para atraer a miles de compatriotas y turistas extranjeros a disfrutar de la Fiesta de la Frutas y de las Flores, que se desglosan en una serie de entretenidos eventos fiesteros, como el pregón, el desfile del domingo, la ronda nocturnal, la fiesta brava, las exposiciones de las flores, de museos y la variada oferta gastronómica, comercial y turística. Esta oferta se extiende más, ya que los cantones se vuelven cercanos con la buena red de carreteras de primer orden que las interconectan, permitiendo que en minutos se pueda disfrutar de la interculturalidad tungurahuense, la folclórica manufactura, compra de vestuario a costos populares y sobre todos, la calidez de la gente.

Pero hay cosas que deben decirse para que en su debido momento se conviertan en un aporta más a una fiesta con reconocimiento internacional y son los abusivos de siempre, aquellos aprovechadores que no les importan nada el descrédito que cometen contra la fuente de sus ingresos como los parqueaderos que redondearon todo a un dólar la hora o fracción; las carreras en taxi, que para prestar el servicio escogiendo el lugar y la tarifa; la abusiva ocupación de las veredas pública para hacer negocio con puestos y sillas durante los desfiles, la venta ilegal del espumante y la venta de todo por las calles de la ciudad.

Pero esta admirable ciudad, de la misma manera como hay cientos de policías nacionales, municipales, agentes de tránsito, brigadistas y socorristas de la cruz azul, roja y soldados en los desfiles; en varias horas de esos días, está sola, abandonada porque desaparecen todos los que la deben cuidar y es precisamente, en esos momentos, cuando la delincuencia comienza a hacer de las suyas, los visitantes duermen en los parques, otros se orinan en las paredes, se defecan tras de los ecotachos y la basura aparece por todos los lados y la ciudad bella amanece maloliente, descuidada, sucia, ultrajada por quienes vienen a disfrutarla, pero que terminan agrediéndola ya que no hay una planificación sanitaria, control de seguridad, auxilio inmediato o control sobre los excesos que se cometen y que si no los controlamos a tiempo, terminarán pasando factura a la fiesta. (O)

 

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