Escuela rural / Washington Montaño Correa

Columnistas, Opinión

 

Cerrar la escuela rural fue otro de los pasos en falso del sistema educativo revolucionario, porque con el paso se descubren los vacíos administrativos, educativos, didácticos y cívicos del modelo educativo de estándares. Quitar a los niños y niñas de tiernas edades el derecho a educarse en su terruño, obligando y exponiéndoles al peligro por recorrer distancias largas en camionetas, es atentar contra los derechos de ser el interés superior del estado y por lo tanto cuidarlos.

Las escuelas del campo tenían todo: amplios espacios en armonía con la naturaleza, una biodiversidad de flora y fauna, utilizados como laboratorios, que ahora los buscan con los tinis, bajo en nombre “La casa de todos” y como saben que la unidad educativa está atiborrada de estudiantes y que no hay espacios verdes, jocosamente escriben: “esta metodología consiste en criar vida vegetal en un espacio de tierra, que puede ir desde medio metro en adelante, o a su vez en tres macetas” ¿Qué harán o que se preguntarán los niños y jóvenes campesinos-citadinos, que viven con la tierra, el polvo del camino o que en la tarde cumplen tareas propias de la gente del campo? Reírse.

Quitarles a miles de niños su escuelita, sin analizar que la identidad está ligada a la tierra, que las costumbres, tradiciones, valores, característicos de estos pueblos radica en mantenerlas, profundizarlas, enseñar e instruir a sus pares para no contentarse contratando grupos folclóricos que les recuerde quiénes son. De una u otra manera la escuela del campo era el motor y eje de una comunidad; ahora hay caseríos que mueren de aburrimiento porque nada bueno sucede, incluso hasta las fiestas ya no son lo que eran antes con los niños y los docentes.

Cada escuela del campo, izaba su bandera los días lunes, a los acordes del himno nacional, los estudiantes correctamente formados, marchaban al compás de tonos marciales, se cantaba fuerte y se seleccionaban a los estudiantes aplicados para que tengan el honor de izarla; ahora las festividades cívicas pasan desapercibidas, qué Batalla del Pichincha, independencia de Guayaquil o Día del Himno Nacional, ni ocho cuartos; ahora interesa el feriado, los viajes, los memes, las fotos y las publicaciones en las redes sociales.

Mientras en el campo existen amplios espacios para la educación, en las ciudades, las unidades educativas no tienen espacios para aulas, porque corredores, antiguas bodegas de material didácticos, salas de profesores, oficinas, laboratorios de computación, ciencias naturales, inglés, cultura física, se han destinado antipedagógicamente como aulas y con la constante de tener basura por todos los lados y servicios higiénicos insuficientes, en pésimas condiciones de salubridad.

Regresar a ciertas escuelas del campo a la actividad educativa, se va convirtiendo en una necesidad y en preocupación, porque la inversión para renovarlas es muy alta y si el anterior ministro no escuchó la orden del presidente Moreno de reabrir algunas, es porque el dinero para educación jamás existe, aunque la corrupción campea por las narices de las autoridades y esos millones de dólares que están en paraísos fiscales, servirían de mucho para este noble y necesario fin. (O)

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